lunes, 19 de julio de 2010

Día 3.

Puta hipocresía. Las mañanas aquí son imposibles de pasar, pues todas me recuerdan al perfume del pasado, al dolor de mis entrañas y todo, por mudarme a un ático espectacular y con vistas, por el que 1 millón de personas matarían por conseguir. Es fácil pensar en cómo llegué aquí... lo más sencillo es pensar en que me gané la lotería o que me lo han dejado mis padres, pero todo esto me lo he ganado yo sola. Sola en mi camino por cambiar mi destino, el destino de convertirme en una sensiblera soltera de Arizona, una pobretona abogada con unos padres obsesos por la victoria y la justicia y con altas influencias por parte de ellos. Dinero ganándome la vida como periodista en el periódico New York Times, ganándome la vida sacando chuchos por la mañana y como camarera por las noches, y una visita al escritorio en la madrugada, estudiando sobre la tesis de la que llevaba escribiendo tres años y sobre la que me estaba obsesionando, más que mis propios progenitores. Y gracias a ese esfuerzo, a las gotas de sudor que caían sin cesar tras mis mejillas, podía comprobar que tendría dinero para ese fabuloso ático. Pasando página, me doy cuenta de cada recuerdo del pasado y de las flores del parque de aquel día y ¿sabes? el envejecimiento va cada día más avanzado, y no puedo hacer nada por evitarlo.
500 minutos junto a mi amado son suficientes para derrotar la relación de pareja, para reconocer que nuestro corazón es juntos lo que un perro es a un gato amigo, es decir, fractura irreconocible por parte de los dos. Quisiera recuperar el tiempo perdido, pero no me gusta la idea de volver a gritar en casa, de romper paredes con decibelios de personas enfurecidas, y con el espejismo de portazos sin vuelta atrás, a cada cual más duro y grueso. No espero ninguna reconciliación, no espero cada beso tuyo cada mañana, pero me encanta saber que nuestros años juntos han servido para hacerme más fuerte en ese mismo aspecto. Quiero decir... cada vez que pienso en ti, y en lo que pasamos a nuestro alrededor, mi mente se vuelve tuya y mi corazón, blanco porque no sabe qué hacer, si elegirte o despreciarte por cómo eres.
Sin embargo, la ciudad me ha vuelto diferente. Me he adaptado a vivir en un piso gigantesco y no en un cuchitril de cuarenta metros cuadrados justo a las afueras del pueblo y ni un baño decente dentro de él, me he adaptado porque siento que soy cosmopolita y no puedo resistirme a los zapatos en los bonitos escaparates, a los caros tejidos de vestidos de marca hechos en lugares exóticos y también he logrado recuperar el momento de ser yo misma trabajando e intentando olvidarme de los horribles recuerdos en mi pensamiento.

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