lunes, 19 de julio de 2010

Día 4.

Pobre de la ironía.
Hoy me he encontrado con la novia de mi ex-novio. ¿Tú qué harías? Claro que existen diversas posibilidades... puedes matar a la novia, y deshacerte de las pruebas, puedes probar a olvidarte de que existe y ni saludarla... pero mi caso es especial. Incluso YO me hago amiga de ella y solo con una mínima conversación a las diez de la mañana enfrente del Starbucks más cotizado de Manhattan. Y me hago con aires de chica buena, de la que va con intenciones malas en el fondo, y respondo con un hola al "buenos días, señorita" que me dice atentamente. Nada de lo que me suelta me suena familiar, ni me habla de él ni me cuenta su vida, más bien quiere saber de mí a toda costa y eso, quieras que no, suena sospechoso. Y aunque intento desencajarme de la absurda conversación que mantenemos las dos en pose de "a ver quién es la mejor", ella siempre va sonsacando nuevos temas sobre el que discutir, ciertamente sobre política o sobre la ciudad en sí. De repente, exclamo que hay una urgencia y que me tengo que marchar. En vez de no recordar aquello, le sigo dando vueltas a la cabeza y no me deshago de la idea de tener una nueva amiga que ocasione problemas. Pero tengo suerte, y por lo visto no la he visto más en estos días.
Mientras, me habitúo a comprar zapatos de todas clases: de deporte, de salir, taconazos inmensos sobre los cuales tienes el riesgo de no permanecer viva, sandalias de verano e incluso botas de invierno. Paso por muchísimos escaparates y me suena su esplendor, su belleza, su visión sobre la ropa y tejidos imposibles de hacerlos manualmente. Así, gracias a mi perfecta escapatoria de recuerdos, los tiro a la basura, sin más y sigo con mi vida de soltera.
Justo cuando iba a empezar a acapararme en la vida de la sociedad neoyorquina, he conocido a un chico muy especial, y nuestra visión del romance ha surgido a primera vista, como yo había sospechado anteriormente. Ha sido gracias a mis urgencias del día: he cogido el metro como casi siempre, abarrotado de funcionarios y de niños hambrientos y deseosos de salir de aquel aparato mugriento y viejo, y después de estar allí como cinco minutos, me dirigí a trabajar como siempre y de pronto lo he visto aparecer tras la multitud y él me ha visto a mí. No soy muy habitual a ser partidaria de cuentos de hadas terminados en felices para siempre y besos de despedida, pero he de decir que este chico me ha hecho feliz con sólo mirarme y sentir que él también ha sentido algo por mí... tenemos conexión, esa pequeña puerta hacia la que podemos salir cuando queramos, e incluso me he atrevido a decirle que me ha dejado loca. Sincera, como yo soy, se ha dado cuenta de que tenía prisa, y no podía entretenerse, por lo que me dijo "ya te llamaré", después de apuntarme el teléfono móvil en la palma de mi mano. O. O, estaba puesto en mi mano. ¿O? ¿Cómo se llamaría realmente? Y tanta distracción hizo de mí una impuntual en el trabajo diario, pues lo podía observar todas las cálidas mañanas junto a mí en el puente, hablando de nuestras historias y nuestras incompletas vidas junto a recuerdos inhóspitos y malos, imposibles de describir cuando tienes a, seguramente, el amor de tu vida con esos ojos azules y la mirada increíblemente atractiva. Sí, la ciudad definitivamente me ha cambiado. Mi forma de mirar la vida, de mirar a las personas y todo lo que me definía, ha sido de mí como una manera de borrar... y afrontar mi futuro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario